Lecciones para la Democracia

Plebiscito del 5 de octubre de 1988

Chile, miércoles 5 de octubre de 1988. Amaneció con un sol de primavera y se sentía en el aire que era un día especial. Había llegado el día, por algunos esperado, por otros temido, en que los chilenos y chilenas participaríamos en el plebiscito para decidir si queríamos o no que continuara gobernando Augusto Pinochet Ugarte.

Llegar a este momento había sido un camino largo y difícil. La Constitución de 1980 definía que el Poder Legislativo de la época -los cuatro Comandantes en Jefe de las Fuerzas Armadas y Carabineros- propondrían al país el nombre de un candidato para que ejerciera el poder a partir de 1989 por ocho años más. El nombre elegido fue el de quien ejercía como Presidente de la República desde hacía ya quince años: Augusto Pinochet Ugarte.

Muchos teníamos dudas sobre el proceso propuesto, comenzando por su legitimidad, porque Chile vivía en una dictadura y la Constitución de 1980, aprobada sin las condiciones de pluralismo mínimo, proponía este plebiscito como un mecanismo para perpetuarse en el poder.  Así las cosas… ¿quién aseguraba que se cumpliría con la voluntad de los ciudadanos si todo el poder estaba concentrado en una persona? Era la pelea de David contra Goliat. La mayoría de los chilenos teníamos miedo. Por otro lado, quienes apoyaban al gobierno militar y creían en el bienestar que éste había traído, tampoco estaban convencidos de la necesidad de hacer cambios… ¿para qué? Sin embargo, poco a poco se fue imponiendo el clamor de la sociedad chilena que ya no soportaba más años de autoritarismo.

La discusión se dio a lo largo de todo el país: al interior de los movimientos sociales, que habían presionado durante años para volver a la democracia de las más diversas formas, enfrentando la descalificación y la  represión, sin lograr que el régimen militar cayera; también dentro de los partidos políticos, que recién comenzaban su reorganización y que debieron aceptar la reglas del juego de una Constitución considerada ilegítima; en las universidades, donde la presión de estudiantes y académicos había ido logrando algunos espacios de libertad; en las familias, donde no  todos compartían la misma posición política.

¿Pero por dónde empezar? No había ni siquiera registros electorales, pues habían sido quemados durante el golpe de estado. Los ciudadanos, luego de años de represión política y censura, habíamos perdido la costumbre de participar en las decisiones políticas. Primero debimos perder el miedo. Miedo a inscribirnos en los registros electorales; miedo a constituir partidos políticos; miedo a participar y a dar nuestra opinión; miedo a debatir y a no estar de acuerdo. También debimos volver a aprender lo que habíamos olvidado: a colaborar y unirnos detrás de un propósito común, a confrontar ideas sin pensar que quién está al frente es un enemigo y a que nadie sobra en la construcción de un país.

El inicio fue muy lento. Luego de mucho diálogo, esfuerzo y generosidad, las fuerzas de la oposición política al gobierno comenzaron a converger en una forma de enfrentar el nuevo escenario. El Grupo de los 24, la Asamblea de la Civilidad, El Acuerdo Nacional, la campaña por elecciones libres, todas fueron iniciativas que aportaron a la apertura que finalmente se materializó en la decisión de participar del plebiscito y llamar a participar y a votar NO. A los partidarios del gobierno les fue más fácil llegar a la decisión, pues era su líder quién estaba en la papeleta; votarían SI.

Así se llegó a comienzos de 1988. Había que lograr que los ciudadanos se inscribieran en los registros electorales, que los partidos políticos se constituyeran, que se formaran equipos de trabajo en los diferentes niveles: político, programático y operativo. Fueron meses de discusiones, de participación y de trabajo para fortalecer las confianzas y animar la esperanza de que, bien organizados y con el apoyo de todos los que anhelaban la democracia, era posible derrotar al general Pinochet. De verdad se sentía en el aire que algo nuevo venía.

Han pasado 30 años de ese 5 de octubre, día en que, por primera vez en muchos años y ante una papeleta con el nombre de Augusto Pinochet Ugarte, un 55% de chilenas y chilenos votó que NO y un 45% votó que SI. Más allá de la conmemoración de un día importante en la historia y del agradecimiento a todos quienes contribuyeron a recuperar la democracia; más allá de las reflexiones que suscita y de la diversidad de miradas sobre lo que ha sido el devenir posterior del país, queremos resaltar lo que aprendimos en este proceso y lo que queremos heredar a las nuevas generaciones.

Aquí, en un espacio dedicado especialmente a los estudiantes y profesores, queremos rescatar un proceso en el cual los partidos políticos, recién reconocidos, pudieron representar a la sociedad mirando más allá de sus intereses inmediatos, aunando esfuerzos y proyectando una idea de país. Cada uno de quienes estuvimos ahí aprendimos a colaborar y a trabajar codo a codo con personas muy diversas, juntos fuimos capaces de superar el miedo y nos atrevimos a entrar en un camino más lleno de incertidumbres que de certezas, a confiar, a pesar de todo, en la fuerza de las ideas, de la política, triunfando sobre  el poder de los tanques, para interpretar el sueño de un país en democracia. Lo hicimos con la fuerza del lápiz.

¿Como viviste el 5 de octubre de 1988?

Reportea el plebiscito de 1988