Breve historia

El 5 de Octubre de 1988: un hito en la historia de Chile

Han pasado ya 30 años y queremos recordar con alegría. Conmemorar, no con un afán nostálgico sino por el contrario, para que las nuevas generaciones puedan conocer lo difícil que fue recuperar la democracia y, desde ese recuerdo, reconocer el valor de la convivencia democrática. Para recordar también, que es posible lograr grandes cosas con convicciones, con unidad y sin violencia.

Queremos trasmitir una reflexión que permita distinguir entre dictadura y libertad, miedo y esperanza, arbitrariedad y justicia, represión y respeto a la dignidad humana, intolerancia y aceptación de la diferencia, totalitarismo y democracia.

El 5 de octubre de 1988 representó una hazaña para la gran mayoría de los chilenos que lo vivieron; fue la derrota de la fuerza bruta de los tanques, con la fuerza sencilla de un lápiz.

Fue el triunfo de la razón, del sentido que da participar en una tarea común, de la organización y el compromiso para jugarse por un bien superior, del sentimiento de pertenecer a esta patria y querer verla ponerse de pie.

Habían pasado ya largos quince años desde aquel 11 de septiembre de 1973.  Entonces, un Chile profundamente dividido, no fue capaz de resolver sus diferencias por las vías institucionales. El golpe militar acalló esas diferencias tomando el control total del poder. Se clausuró el Congreso Nacional y se proscribieron los partidos políticos; el poder judicial fue indolente y sumiso; se suspendieron las libertades de reunión, de expresión, de prensa, de organización; se disolvieron los sindicatos y se persiguió a los opositores, dividiendo a los chilenos entre patriotas y antipatriotas, entre amigos y enemigos. La persecución a los opositores fue implacable: fusilamientos, detenidos desaparecidos, torturas, exilio, relegaciones, incluso crímenes fuera de Chile como los asesinatos del ex Comandante en Jefe del Ejército Carlos Prats y  Sofía Cuthbert , su señora, en Buenos Aires; el intento fallido de terminar con la vida de Bernardo Leighton, ex Vicepresidente de la República y Ana María Fresno, su señora, en Roma y la bomba que terminó con la vida del ex canciller Orlando Letelier en Washington. Las sistemáticas violaciones a los derechos humanos doblegaron la dignidad de un pueblo a través de la represión y la amenaza.

Durante muchos años -entre 1973 y 1987-, los chilenos vivieron bajo el “toque de queda”, que impedía a cualquier persona salir a las calles entre las horas que dispusiera la autoridad militar. En muchas ocasiones se decretó Estado de Sitio, conculcando las libertades individuales y civiles de los chilenos. La mayor parte de esos años, Chile vivió en estado de emergencia y bajo una fuerte represión.  Estaban restringidos derechos fundamentales como es el derecho de reunión y el de manifestarse libremente. Los periódicos, revistas y radios eran permanentemente censurados. La televisión estaba intervenida. Estaba prohibida la libre circulación de libros, de películas, de discos, ejerciéndose sobre ellos una férrea censura. Se imponía una verdad oficial.

Sin embargo, desde el inicio de la dictadura militar comenzó también la lucha por la sobrevivencia y la defensa de los derechos humanos. Luego, el esfuerzo estuvo puesto en lograr el reencuentro de los chilenos que hiciera posible restablecer el régimen democrático en nuestro país.

Ese proceso fue largo y duro y contó con distintos actores y estrategias.  Por de pronto, los partidos políticos mostraron su fortaleza manteniéndose vivos durante su receso en la clandestinidad o en el exilio. La Iglesia Católica y otras iglesias cumplieron un rol  fundamental al ser “la voz de los sin voz”, acogiendo a los perseguidos y generando espacios para que sectores de la oposición pudieran reunirse.

Surgieron diversas organizaciones como el Comité por la Paz en Chile (1973) y luego la Vicaría de la Solidaridad (1975), la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos (1975), la Coordinadora Nacional Sindical (1976), la Comisión Chilena de Derechos Humanos (1978), el Grupo de Estudios Constitucionales de los 24 (1978) entre muchos otros. También comenzaron a activarse movimientos y organizaciones de mujeres (Mujeres por la Vida), trabajadores (Coordinadora Sindical y otras) ,  profesionales y estudiantes universitarios.

En 1980 el gobierno militar convocó a un plebiscito para aprobar una nueva Constitución Política. En una elección controlada, sin registros electorales y sin ninguna garantía de imparcialidad, fue aprobada por una abrumadora mayoría (67%). Con todo, ese plebiscito fue una ocasión para movilizar a la oposición que, bajo severas restricciones, incluso realizó un acto público en el Teatro Caupolicán con la presencia del ex Presidente de la república Eduardo Frei Montalva, quien fue el orador principal.  

Durante los años siguientes se profundizó la represión. Surgieron también grupos que radicalizaron su postura frente a la dictadura, como el Frente Patriótico Manuel Rodríguez. En los primeros años de la década de los ochenta sobrevino una gran crisis económica elevando la cesantía al 30% de la población. Desde la sociedad civil y las iglesias surgió un potente un movimiento de solidaridad que recorrió las poblaciones más afectadas, organizándose comedores populares, bolsas de trabajo y comités de vivienda. Miles de chilenos no tenían más oportunidad que trabajar en programas de gobierno como el PEM (Programa de Empleo Mínimo) o el POJH (Programa de Ocupación para Jefes de Hogar).

En 1982 murió sorpresivamente el ex Presidente Eduardo Frei Montalva. La causa de su muerte se encuentra aún en proceso investigación judicial. Un mes después fue asesinado el líder sindical Tucapel Jiménez.

Entre 1983 y 1986 se desarrolló un fuerte proceso de movilización social. La primera “Protesta Nacional” fue convocada por los trabajadores del cobre, bajo el liderazgo de Rodolfo Seguel, llamando  a la ciudadanía a no enviar a sus hijos a clases y tocar cacerolas al anochecer. La sorpresa fue el éxito de la convocatoria. Se sucedieron varias movilizaciones similares todos los meses así como innumerables marchas en las calles.  Aún cuando se trataba de jornadas pacíficas, éstas siempre terminaban con represalias del gobierno: allanamientos en las poblaciones, detenidos y muertos. En julio de 1986 el gobierno militar sacó 18 mil uniformados a la calle para reprimir la movilización ciudadana. Esa vez hubo 26 muertos y cientos de detenidos.

Las protestas lograron unir a distintos sectores políticos y sociales en una tarea común: terminar con la dictadura y restablecer la democracia. Tanto en el exilio como al interior del país, tanto entre dirigentes como entre las bases de los diferentes partidos, a través de los diferentes centros de estudios, como el Grupo de Estudios Constitucionales de los 24, se fue produciendo un acercamiento y se fueron acordando estructuras para actuar en conjunto. Surge así la Alianza Democrática, formada por dirigentes democratacristianos y socialistas renovados y el Movimiento Democrático Popular que reunía a sectores comunistas y socialistas más radicalizados. Las movilizaciones debilitaron al gobierno y abrieron una oportunidad de diálogo que a poco andar se vio frustrada, lográndose sin embargo el reingreso de más de un millar de exiliados. Pero lo que primaba no era el diálogo sino la brutalidad y la represión. Este período termina brutalmente con el secuestro y degollamiento de José Manuel Parada, Santiago Nattino y Manuel Guerrero y otros asesinatos de opositores.

En 1985, a partir de una iniciativa del Cardenal Juan Francisco Fresno, se logró un amplio Acuerdo Nacional de distintas fuerzas políticas, suscrito por personalidades que iban desde ex partidarios de la Unidad Popular a dirigentes de ex partidos de derecha como el Partido Nacional. Eran personas que habían estado en posiciones absolutamente opuestas antes del golpe militar que, sin embargo, fueron encontrándose en la defensa de los derechos humanos y de la democracia, pidiendo en conjunto el fin de la dictadura y proponiendo un camino para restablecer la democracia. Pero el régimen seguía impenetrable.

Aunque en 1986 el gobierno parecía cada vez más asediado por las movilizaciones y acciones de la oposición, la salida democrática se hizo más difícil luego dos acontecimientos: primero, el descubrimiento en Carrizal Bajo en el norte del país de armas ingresadas desde Cuba para combatir a la dictadura. El otro hecho fue el atentado realizado por el Frente Patriótico Manuel Rodríguez en contra el general Pinochet en el Cajón del Maipo, lo que trajo consigo una fuerte represión y la imposición una vez más del estado de sitio. Los meses siguientes fueron extremadamente duros.

La Iglesia, las organizaciones de base y los partidos políticos continuaban con los esfuerzos por lograr un diálogo.

El gobierno continuaba el proceso de institucionalización dictando una nueva ley orgánica de partidos políticos y una ley electoral. Se acercaba el plazo que establecía la Constitución de 1980 para convocar a un plebiscito con el fin de votar por el nombre que propusiera la Junta Militar para gobernar los siguientes ocho años.  Ese plazo era 1988. Entonces se planteó un rico e intenso debate entre las distintas fuerzas políticas de la oposición respecto de si habría que aceptar como una realidad la Constitución del 80 convocando a los chilenos a inscribirse en los registros electorales e inscribiendo a los partidos políticos para intentar derrotar a la dictadura con sus propias reglas del juego. Los que lucharon desde un principio contra la dictadura nunca pensaron que se verían enfrentados a participar en ese evento.  Pero la evidencia de que las movilizaciones sociales, pese a su masividad, chocaban con la fuerza de las armas y la negativa de apertura de la dictadura, fueron abriendo paso a aceptar esa posibilidad.

En abril del año 1987 vino el Papa Juan Pablo II a Chile. Fueron tres días de masivas manifestaciones de fe y esperanza en distintos lugares de Chile y los chilenos pudieron encontrarse en las calles, sin miedo.

Lo meses siguientes continuaron las movilizaciones, pero la idea de asumir la estrategia de buscar una salida política fue ganando terreno. En este contexto, la oposición unida decidió jugarse por convocar a luchas por elecciones libres (no un plebiscito); los partidos políticos gradualmente fueron aceptando inscribirse legalmente y se decidió convocar a los chilenos a inscribirse en los registros electorales para participar de esas elecciones libres.  Fue un esfuerzo enorme, porque los requisitos eran difíciles de cumplir en un contexto de falta de libertad, miedo y amenazas. Pero ambos objetivos se lograron. Más de siete millones de chilenos se inscribieron para votar y se inscribieron muchos partidos de oposición. Por su parte, los partidos de derecha y sus dirigentes apoyaron la continuidad del General Pinochet quien gobernaría, de ganar la opción SI, por ocho años más. Una incipiente activación económica hacía pensar a los partidarios del régimen que ganarían la elección.

El gobierno hizo una campaña apelando al miedo, llamando a recordar los problemas de desabastecimiento, el desgobierno y la violencia del gobierno de la Unidad Popular. La figura del General Pinochet fue remozada y se presentó como el garante del orden y la prosperidad de Chile, para lo cual contaba con la mayor parte de los medios de comunicación a su favor, especialmente la televisión.  Por esta razón fue fundamental la apertura de una franja televisiva de 15 minutos diarios, en la que durante un mes, los partidarios del SI y del NO, pudieron plantear sus posiciones. Una franja del SI, sombría y amenazante, contrastó con una franja del NO, abierta a la esperanza y que interpretó los anhelos de vencer el miedo y restablecer la paz en la sociedad. Uno a uno los partidos se fueron sumando a participar en el plebiscito, incluido, hacia el final, el proscrito Partido Comunista que llamó a votar por el No.

Pero lo que vendría era incierto.  El fantasma del fraude, la desconfianza de que la dictadura reconociera a voluntad popular, hizo que miles de chilenos en una organización sin precedentes, defendieran voto a voto la limpieza de la elección en cada local y en cada mesa electoral. Llegaron también a Chile cientos de personalidades internacionales como observadores. Fue organizado un conteo paralelo  que trasmitía por teléfono, no habían celulares, a un comando central que iba recibiendo los resultados de todo Chile.

La gente fue masivamente a votar desde muy temprano, en pleno orden se organizaron largas filas, las caras eran impenetrables. Se respiraba una mezcla de esperanza e incertidumbre.  Durante el conteo de votos en las mesas, en muchos lugares se iba imponiendo el NO. Parecía que el triunfo había llegado. No obstante, los primeros cómputos oficiales daban por ganador el SI y luego, durante largas horas no hubo ninguna información oficial mientras en la televisión se exhibían películas infantiles. Comenzaron a surgir rumores de que se planeaba desconocer el triunfo del NO y se hablaba incluso de levantamientos militares en algunos lugares.

Hasta que cerca de la media noche, con la mayoría del país despierto esperando información, los Comandantes en Jefe de las Fuerzas Armadas se dirigieron al Palacio de La Moneda donde esperaba el General Pinochet; abordado en su ingreso por los periodistas, el General Fernando Mathei reconoció claramente el triunfo del NO; un poco más tarde, en un panel televisivo de Canal 13 , Sergio Onofre Jarpa frente a Patricio Aylwin reconocía también el triunfo de las fuerzas democráticas.  Posteriormente se tuvo información de que efectivamente esa noche hubo intentos por desconocer el resultado por parte del General Pinochet, lo que explica que el reconocimiento oficial del triunfo del NO, se entregara solo en la madrugada.

La explosión de felicidad del día siguiente fue espontánea. Las calles en todo Chile se llenaron de gente, familias con sus hijos, amigos, portando banderas, flores y abrazándose entre sí. La alegría de la esperanza de un futuro con libertad, sin odio, sin violencia, se expresaba en cada lugar de Chile. Fue un día para sentirse orgulloso de ser chileno.

El inicio de una nueva etapa para Chile se había logrado con la fuerza de un lápiz.

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